Discriminación, desigualdad y malestar
Alguna vez se pensó que los procesos de modernización naturalmente irían generando las condiciones propicias para la declinación de exclusión social. Pero la cosa no es tan simple, y cada cierto tiempo la sociedad chilena es sorprendida en su capacidad de producir discriminación y segregación. Un caso solamente: no hace mucho, a un grupo de jóvenes con síndrome de Down le fue prohibido el acceso a un restaurante donde pretendían tomarse una bebida, con el pretexto de que no tenían carné de identidad. Esto, ¿no es contradictorio con la imagen y ‘sensación de modernidad’ que nos invade y que cada cierto tiempo se celebra a través de indicadores que muestran a Santiago como una de las ciudades más competitivas y pujantes de la región?El fenómeno de la discriminación no es nuevo en nuestra historia. Lo nuevo en esta ocasión parece estar en el hecho de que es un problema que nos exige, como sociedad, comenzar a mirar nuestra convivencia social o, si se prefiere, aquellos aspectos más cualitativos de nuestra realidad que de alguna manera han sido desatendidos producto de la euforia modernizadora de las últimas décadas. Gozar de una modernización en las estructuras y mercados no es correlativo necesariamente a una modernidad en el terreno cultural y normativo, que presupone el desarrollo de habilidades provenientes de la subjetividad. Nuestro desarrollo no puede permanecer huérfano de estas bases culturales sobre los cuales se tejen los afectos y compromisos de una sociedad, relegando el progreso a una cuestión puramente administrativa y procedimental. Desde este punto de vista, la noción de calidad de vida – tan de moda hoy en día – se vuelve cada vez más insuficiente desde la pura satisfacción de necesidades funcionales y materiales de las personas, y se liga crecientemente con la calidad de las relaciones humanas, es decir, con el desarrollo de habilidades subjetivas de confianza, respeto, tolerancia, etcétera.
Y es justamente en este ámbito de las relaciones sociales donde se empieza a observar cierta irritación: según datos del estudio Genera 2006, un 92 por ciento de la población admite que los chilenos somos discriminadores. Los niveles de pobreza han disminuido, pero continuamos siendo uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo. Esto explica que la principal forma de discriminación en Chile ocurra por el hecho de “ser pobre”, según el mismo estudio de Genera. Las personas sienten que existen ciudadanos de distintas categorías dependiendo la comuna en que vive, el apellido familiar y el status del colegio. Querámoslo o no, en nuestro país el acceso a privilegios y oportunidades están determinados, fundamentalmente, por el origen social de la persona, y excepcionalmente por las capacidades. Durante mucho tiempo no fue fácil ponerle nombre a este tipo experiencias, pero si hoy comienza a tematizarse la discriminación es porque las formas de vivir juntos se están volviendo más ambivalentes y la inequidad se torna cada vez menos tolerable. Es más, esta realidad esta mostrando signos de agotamiento, y crecientemente las frustraciones y desesperanzas almacenadas comienzan a emerger. La promesa de mayor igualdad comienza a ser reclamada por la gente, y de alguna manera el discurso de la “gobernabilidad” se vuelve insuficiente frente a nuevas expresiones y demandas de los sujetos. El debate sobre el “salario ético” y la conformación de una comisión para la Equidad, la movilización de los trabajadores en Codelco y la arremetida de los pingüinos en las calles reclamando mayor igualdad en la educación, son todas expresiones de un proceso de auge y asinceramiento de expectativas que durante años no lograron ser visivilizados. Hay quienes prefieren ver aquí señales de falta de control antes que tratar de comprender qué ha sucedido en estos años de democracia y crecimiento económico para que persista un fuerte sentimiento de inequidad y malestar.
La situación actual plantea como desafío el lograr compatibilizar las demandas subjetivas de mayor equidad de las personas con un proceso de modernización que avanza “funcionalizando” la realidad social, y por ende, aloja el peligro de marginar los sentimientos y expectativas de los sujetos. Por ello, generar los recursos simbólicos e institucionales que permitan que la igualdad y el respeto a la dignidad de toda persona vayan tomando cuerpo en las vivencias subjetivas de las personas, es el primer paso hacia una sociedad más justa y menos discriminadora. Nuestro desarrollo, en suma, no puede operar como un fin en sí mismo, desconectada de vivencias y deseos subjetivos de las personas y de los valores que deberían conducir al crecimiento económico. De no atenderse esta dimensión cultural de nuestra convivencia, es probable el piso subjetivo de la democracia se debilite y provoque un proceso aún mayor de malestar y desconfianza hacia el régimen político.
La situación actual plantea como desafío el lograr compatibilizar las demandas subjetivas de mayor equidad de las personas con un proceso de modernización que avanza “funcionalizando” la realidad social, y por ende, aloja el peligro de marginar los sentimientos y expectativas de los sujetos. Por ello, generar los recursos simbólicos e institucionales que permitan que la igualdad y el respeto a la dignidad de toda persona vayan tomando cuerpo en las vivencias subjetivas de las personas, es el primer paso hacia una sociedad más justa y menos discriminadora. Nuestro desarrollo, en suma, no puede operar como un fin en sí mismo, desconectada de vivencias y deseos subjetivos de las personas y de los valores que deberían conducir al crecimiento económico. De no atenderse esta dimensión cultural de nuestra convivencia, es probable el piso subjetivo de la democracia se debilite y provoque un proceso aún mayor de malestar y desconfianza hacia el régimen político.



La búsqueda de los protagonistas transcurre fuera del amparo y modelos verbales, bajo el supuesto radical de que el significado existe con anterioridad a todo lo que podamos decir sobre él. En lugar de la adiestrada práctica lingüística, los personajes de Hierro 3 viajan a al corazón de la visualidad, y hallan ahí el refugio para su expresión y ejecución amorosa. La desconfianza hacia la palabra los hace retirarse del mundo (durante la película la pareja nunca habla) como si la paz y quietud estuviesen lejos de las estructuras del lenguaje convencional. Y por el contrario, los habladores en la película coinciden con roles opresivos y violentos. El policía que interroga y el marido que recrimina a su mujer son la encarnación de un orden desencantado y en persistente esfuerzo por hacer del mundo algo transparente.



