viernes, septiembre 21, 2007

Discriminación, desigualdad y malestar

Alguna vez se pensó que los procesos de modernización naturalmente irían generando las condiciones propicias para la declinación de exclusión social. Pero la cosa no es tan simple, y cada cierto tiempo la sociedad chilena es sorprendida en su capacidad de producir discriminación y segregación. Un caso solamente: no hace mucho, a un grupo de jóvenes con síndrome de Down le fue prohibido el acceso a un restaurante donde pretendían tomarse una bebida, con el pretexto de que no tenían carné de identidad. Esto, ¿no es contradictorio con la imagen y ‘sensación de modernidad’ que nos invade y que cada cierto tiempo se celebra a través de indicadores que muestran a Santiago como una de las ciudades más competitivas y pujantes de la región?

El fenómeno de la discriminación no es nuevo en nuestra historia. Lo nuevo en esta ocasión parece estar en el hecho de que es un problema que nos exige, como sociedad, comenzar a mirar nuestra convivencia social o, si se prefiere, aquellos aspectos más cualitativos de nuestra realidad que de alguna manera han sido desatendidos producto de la euforia modernizadora de las últimas décadas. Gozar de una modernización en las estructuras y mercados no es correlativo necesariamente a una modernidad en el terreno cultural y normativo, que presupone el desarrollo de habilidades provenientes de la subjetividad. Nuestro desarrollo no puede permanecer huérfano de estas bases culturales sobre los cuales se tejen los afectos y compromisos de una sociedad, relegando el progreso a una cuestión puramente administrativa y procedimental. Desde este punto de vista, la noción de calidad de vida – tan de moda hoy en día – se vuelve cada vez más insuficiente desde la pura satisfacción de necesidades funcionales y materiales de las personas, y se liga crecientemente con la calidad de las relaciones humanas, es decir, con el desarrollo de habilidades subjetivas de confianza, respeto, tolerancia, etcétera.

Y es justamente en este ámbito de las relaciones sociales donde se empieza a observar cierta irritación: según datos del estudio Genera 2006, un 92 por ciento de la población admite que los chilenos somos discriminadores. Los niveles de pobreza han disminuido, pero continuamos siendo uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo. Esto explica que la principal forma de discriminación en Chile ocurra por el hecho de “ser pobre”, según el mismo estudio de Genera. Las personas sienten que existen ciudadanos de distintas categorías dependiendo la comuna en que vive, el apellido familiar y el status del colegio. Querámoslo o no, en nuestro país el acceso a privilegios y oportunidades están determinados, fundamentalmente, por el origen social de la persona, y excepcionalmente por las capacidades.

Durante mucho tiempo no fue fácil ponerle nombre a este tipo experiencias, pero si hoy comienza a tematizarse la discriminación es porque las formas de vivir juntos se están volviendo más ambivalentes y la inequidad se torna cada vez menos tolerable. Es más, esta realidad esta mostrando signos de agotamiento, y crecientemente las frustraciones y desesperanzas almacenadas comienzan a emerger. La promesa de mayor igualdad comienza a ser reclamada por la gente, y de alguna manera el discurso de la “gobernabilidad” se vuelve insuficiente frente a nuevas expresiones y demandas de los sujetos. El debate sobre el “salario ético” y la conformación de una comisión para la Equidad, la movilización de los trabajadores en Codelco y la arremetida de los pingüinos en las calles reclamando mayor igualdad en la educación, son todas expresiones de un proceso de auge y asinceramiento de expectativas que durante años no lograron ser visivilizados. Hay quienes prefieren ver aquí señales de falta de control antes que tratar de comprender qué ha sucedido en estos años de democracia y crecimiento económico para que persista un fuerte sentimiento de inequidad y malestar.

La situación actual plantea como desafío el lograr compatibilizar las demandas subjetivas de mayor equidad de las personas con un proceso de modernización que avanza “funcionalizando” la realidad social, y por ende, aloja el peligro de marginar los sentimientos y expectativas de los sujetos. Por ello, generar los recursos simbólicos e institucionales que permitan que la igualdad y el respeto a la dignidad de toda persona vayan tomando cuerpo en las vivencias subjetivas de las personas, es el primer paso hacia una sociedad más justa y menos discriminadora. Nuestro desarrollo, en suma, no puede operar como un fin en sí mismo, desconectada de vivencias y deseos subjetivos de las personas y de los valores que deberían conducir al crecimiento económico. De no atenderse esta dimensión cultural de nuestra convivencia, es probable el piso subjetivo de la democracia se debilite y provoque un proceso aún mayor de malestar y desconfianza hacia el régimen político.

miércoles, mayo 02, 2007

Llenar el vacío: Marc Augé en Chile

El otro día fui a la Biblioteca Nacional a escuchar al antropólogo francés Marc Augé y por poco no logro entrar a la sala. Y es que el evento estaba literalmente repleto de gente, en su mayoría universitarios, pero también escolares, muchos con sus cuadernos de nota o un libro del autor bajo el brazo. A ratos me sentía en un recital del argentino Kevin Johansen o más precisamente, en una clase magistral del maestro M. Foucault en el París de los años sesenta, época de máximo fervor intelectual según dicen, donde los jóvenes salían a las calles a hablar de existencialismo y los filósofos eran verdaderos faros de esperanza. De hecho, algún tipo de regresión simbólica al Paris de esos años tiene que haber experimentado Augé al enfrentarse a un público desplegado por todas partes del recinto, con niñas sentadas a sus pies con cámaras digitales y otro número importante de gente parada sin siquiera poder ver al expositor, pero con la sensación cierta de estar formando parte de algo importante. En jerga cinematográfica, lo de ese día en la Biblioteca fue un indiscutible éxito de taquilla.

Cualquiera diría que este fenómeno de masividad se explica por la relevancia de la obra de Marc Augé en el ambiente intelectual capitalino. Es la lectura más lógica de todas, pero sería demasiado simple. Tiendo a pensar que lo de Augé responde a otro fenómeno, a una necesidad más existencial que racional, a un interés generalizado por instancias que proporcionen sentido. (Pero un paréntesis antes de continuar. Marc Augé es conocido por su concepto de no-lugar, símbolo de los espacios urbanos contemporáneos, donde el anonimato, la frialdad y la funcionalidad se funden para proyectar la imagen de lugares sin identidad ni memoria, ciudades de usuarios y consumidores en transito: hoteles, cajeros automáticos, supermercados, autopistas, aeropuertos, estacionamientos, etc. La idea de no-lugar apunta, finalmente, a la muerte de la experiencia urbana en el sentido más romántico del término: lugares sin solidaridad ni cruces de experiencia creativas, sin intereses comunes ni socialización).

Pero volvamos a la pregunta de más arriba, ¿qué explica la fascinación que despierta en Chile el antropólogo francés? Creo que lo de Augé va más allá de una cosa intelectual, y responde a la necesidad de curas simbólicas que contrapesen la pura funcionalidad en la que estamos insertos muchas veces. No es necesario ser cristiano para darse cuenta que la gente anda en una búsqueda extraviada de sentido, instancias que permitan salir del reino de los no-lugares y reencantar el mundo con experiencias epifánicas, abundantes en significados y socialmente cálidas. No es que los autos, la TV, los microondas y Malls sean ineficaces en el mejoramiento de la vida, pero cada vez resultan menos satisfactorios, y por lo mismo, la búsqueda de sentido se vuelve hoy central, casi en un deber a partir de la cual conducir la identidad. El sentido como la manera de detener la sensación de incomplitud, de detener el flujo permanente y de dar forma a nuestras acciones.

La exposición del francés Augé - pourquoi pas - se vincula de manera profunda con este fantasma que recorre las ciudades modernas por hallar sentido y atajos para ser feliz. De alguna manera los intelectuales del mundo se han trasformado en íconos de la nueva espiritualidad, aquella que ensancha las vías convencionales para mejorar la vida y encontrarse a sí mismo. Así como hoy abundan libros, centro y especialistas de todo tipo encargados de ofrecer estilos de vida con sentido, también crecen los intelectuales que responden a esta misma lógica - desde luego no como una estrategia conciente de parte de ellos - sino como una necesidad cultural de encontrar sustitutos a la felicidad mercantil. Indirectamente, las teorías y discursos intelectuales también sirven como referentes a los cuales acudir sin mayores compromisos; podemos entrar y salir de ellos con la misma facilidad con la que entramos a un curso de hipnosis para luego entrar a otro de magia corporal. En una época en que cada vez es menos perceptible el silencio y el ruido lo monopoliza todo, los sentidos tienden volverse escasos, transitorios e intercambiables. Dicen que ya pasó la época en que los sentidos eran estables, puntos de referencia permanentes y globales para todos. Hoy esos sentidos pueden encontrarse en diferentes partes y bajo títulos distintos, incluso en una exposición sobre los no-lugares en la ciudad contemporánea.

viernes, junio 23, 2006

HIERRO 3: BORRADURA DE PALABRAS

Comentar Hirro 3 implica enfrentarse a los límites de la palabra, o más bien, a los límites de la crítica. Lo de Kim-Ki-duk es esencialmente pensamiento visual; su materia prima son imágenes. Imágenes de lo ya sido, de aquello que nunca más podrá acontecer existencialmente. En ese sentido, Hiero 3 es una película sobre la desaparición del tiempo y los cuerpos, una historia que se resiste a esa mirada objetivante que busca disponer del mundo. Una historia de amor consignada al recuerdo y a la memoria, a la atribución de sentido más allá de las palabras.

La búsqueda de los protagonistas transcurre fuera del amparo y modelos verbales, bajo el supuesto radical de que el significado existe con anterioridad a todo lo que podamos decir sobre él. En lugar de la adiestrada práctica lingüística, los personajes de Hierro 3 viajan a al corazón de la visualidad, y hallan ahí el refugio para su expresión y ejecución amorosa. La desconfianza hacia la palabra los hace retirarse del mundo (durante la película la pareja nunca habla) como si la paz y quietud estuviesen lejos de las estructuras del lenguaje convencional. Y por el contrario, los habladores en la película coinciden con roles opresivos y violentos. El policía que interroga y el marido que recrimina a su mujer son la encarnación de un orden desencantado y en persistente esfuerzo por hacer del mundo algo transparente.

Este distanciamiento esencial de la pareja protagonista busca, sin embargo, reconciliarse con el mundo del cual se ha retirado. La pareja finalmente esta enamorada, y como tal debe dar cuenta de ese significado en el mundo. Pero la reconciliación no ocurre nombrando, ni construyendo declaraciones en el lenguaje. Nada en la película parece tener espacio en el universo de lo dicho. La relación de la pareja es irreducible a esa lógica, por tanto es una reconciliación trazada a través de imágenes. Imágenes captadas por el lente de una cámara digital y que deambula sin rumbo fijo de casa en casa. Imágenes que no buscan nada salvo trazos de vida, memoria y atestiguar que el pasado fue.

Casa vacías, amor, imagen, silencio, desplazamiento, palos de golf, en fin, el entrecruzamiento de estos elementos y la importancia narrativa que adoptan en la estructura del filme, coloca al cine de Kim-Ki-duk en una posición privilegiada para reflexionar sobre las tensiones entre fugacidad del instante y posterioridad registrada, entre subjetividad y cuerpo, entre simulacro y realidad.

martes, junio 13, 2006

Lo bello de opinar


¿Por qué gusta tanto – y cada vez más – hacer públicas nuestras preferencias?. Será que de un momento a otro pasamos del miedo a decir las cosas a un desenfreno por dar nuestras opiniones. Basta mirar el reciente escándalo público sobre la educación, todo el mundo levantó el dedo y hacia cátedra sobre el tema: “para mi el gran problema de la educación es….” y así por todos lados.
En el cine esta situación es notable. Es difícil encontrar a alguien que no tenga vocación de crítico, o que no apalee a la lista de sus mejores películas para abrir la conversación. Hoy importan tanto las películas como lo que se pueda decir sobre ellas a la salida del cine. Y a estas alturas muchas parejas descubren el amor después de confesarse que les gustan las mismas películas.
Hay una gratificación extraña en cada proclamación del gusto, y de seguro constituye uno de los actos más narcisos y gratuitos de todos. Y aún cuando existe el miedo a parecer pedante o ingenuo con un comentario (“nadie quiere comprender sin sentir o disfrutar sin comprender”, Bourdieu) siempre ese riesgo va ser compensado con el goce conferido por la pronunciación y apropiación de un gusto. Porque al final declarar las películas que a uno le gustan permite también asentar una marca de identidad, un rayado de cancha; es como un anuncio o invitación implícita a cómo nos gustaría que los demás nos miren. Bourdieu, citado por L. Jullier, lo pone de manera inmejorable en La distinción, criterio y bases sociales del gusto: nada clasifica tanto como las clasificaciones.
Pero es frecuente en el mundo de las opiniones ocultar las preferencias bajo lo que Bourdieu denomina la ideología del gusto natural. Muchas veces las opiniones se expresan en función de un sentido común socialmente construido, y en vez de mostrar los criterios de rechazo o aceptación personal el comentario sucumbe ante el peso de la evidencia convencional, facilitada casi siempre por la opinión de los 'expertos'. Cuando se trata del cine, un arte tan popular y extendido, es fundamental tratar de asegurarse que las alusiones que se hacen sobre las películas no vayan en contra de esa evidencia canónica. El objetivo consiste en ser original con la apreciación, pero siempre dentro de un cierto margen posible. Cuesta extraer de la crítica cinematográfica actual - incluida la que se hace cotidianamente - análisis y juicios que no vengan impregnados de esta ideología. Un ejemplo cercano: la película chilena Paréntesis. Escasa interrogación hubo respecto al valor real de esta película, y más bien su análisis quedó oculto bajo “el gusto natural”. El mismo sociólogo francés habla de una estética informada, que sirve como instrumento de vigilancia frente a las naturalizaciones en el mundo del arte.