domingo, diciembre 06, 2009

Jim Jarmusch, The Limits of Control














Ayer vi la última película de Jim Jarmusch, The Limits of Control. Tengo la impresión que con esta cinta el realizador neoyorquino trata de decirle a su público que no se ha vendido al sistema hollywoodense, que todavía desea hacer películas tan independientes y jugadas como Dead Man o Down by Law. Su apuesta por el free style se ve verificado en su último trabajo, donde vemos un Jarmusch inspiradísimo, rigurosamente abstracto y esquivo a los calificativos fáciles. La historia en sí tendría 0 importancia si no es por el misterioso protagonista de la película que actúa con una meticulosidad zen y por esas atmosferas enrarecidas que también saber fabricar el director. La referencias filosóficas, cinéfilas, artísticas, etc. de la película, unida a una estructura narrativa episódica y reiterativa (el protagonista visita cuadros específicos del museo Reina Sofía de Madrid [entre paréntesis las mejores escenas de la película], pide siempre dos expressos antes de encarar sus desafíos, práctica tai chi o algo similar vestido de terno, etc.) dibujan un mundo sobrecargado significados y sumergen al espectador en un ejercicio algo hipnótico que juega con la continuidad entre ficción y realidad.

No es mi caso, pero todos aquellos que se decepcionaron con Broken flowers por tratarse de un historia sentimental convencional, seguramente encontraran en The Limits of Control una obra lo suficientemente noir y surrealista para estar seguros que Jarmusch y todo su glamour están de regreso.




miércoles, mayo 02, 2007

Llenar el vacío: Marc Augé en Chile

El otro día fui a la Biblioteca Nacional a escuchar al antropólogo francés Marc Augé y por poco no logro entrar a la sala. Y es que el evento estaba literalmente repleto de gente, en su mayoría universitarios, pero también escolares, muchos con sus cuadernos de nota o un libro del autor bajo el brazo. A ratos me sentía en un recital del argentino Kevin Johansen o más precisamente, en una clase magistral del maestro M. Foucault en el París de los años sesenta, época de máximo fervor intelectual según dicen, donde los jóvenes salían a las calles a hablar de existencialismo y los filósofos eran verdaderos faros de esperanza. De hecho, algún tipo de regresión simbólica al Paris de esos años tiene que haber experimentado Augé al enfrentarse a un público desplegado por todas partes del recinto, con niñas sentadas a sus pies con cámaras digitales y otro número importante de gente parada sin siquiera poder ver al expositor, pero con la sensación cierta de estar formando parte de algo importante. En jerga cinematográfica, lo de ese día en la Biblioteca fue un indiscutible éxito de taquilla.

Cualquiera diría que este fenómeno de masividad se explica por la relevancia de la obra de Marc Augé en el ambiente intelectual capitalino. Es la lectura más lógica de todas, pero sería demasiado simple. Tiendo a pensar que lo de Augé responde a otro fenómeno, a una necesidad más existencial que racional, a un interés generalizado por instancias que proporcionen sentido. (Pero un paréntesis antes de continuar. Marc Augé es conocido por su concepto de no-lugar, símbolo de los espacios urbanos contemporáneos, donde el anonimato, la frialdad y la funcionalidad se funden para proyectar la imagen de lugares sin identidad ni memoria, ciudades de usuarios y consumidores en transito: hoteles, cajeros automáticos, supermercados, autopistas, aeropuertos, estacionamientos, etc. La idea de no-lugar apunta, finalmente, a la muerte de la experiencia urbana en el sentido más romántico del término: lugares sin solidaridad ni cruces de experiencia creativas, sin intereses comunes ni socialización).

Pero volvamos a la pregunta de más arriba, ¿qué explica la fascinación que despierta en Chile el antropólogo francés? Creo que lo de Augé va más allá de una cosa intelectual, y responde a la necesidad de curas simbólicas que contrapesen la pura funcionalidad en la que estamos insertos muchas veces. No es necesario ser cristiano para darse cuenta que la gente anda en una búsqueda extraviada de sentido, instancias que permitan salir del reino de los no-lugares y reencantar el mundo con experiencias epifánicas, abundantes en significados y socialmente cálidas. No es que los autos, la TV, los microondas y Malls sean ineficaces en el mejoramiento de la vida, pero cada vez resultan menos satisfactorios, y por lo mismo, la búsqueda de sentido se vuelve hoy central, casi en un deber a partir de la cual conducir la identidad. El sentido como la manera de detener la sensación de incomplitud, de detener el flujo permanente y de dar forma a nuestras acciones.

La exposición del francés Augé - pourquoi pas - se vincula de manera profunda con este fantasma que recorre las ciudades modernas por hallar sentido y atajos para ser feliz. De alguna manera los intelectuales del mundo se han trasformado en íconos de la nueva espiritualidad, aquella que ensancha las vías convencionales para mejorar la vida y encontrarse a sí mismo. Así como hoy abundan libros, centro y especialistas de todo tipo encargados de ofrecer estilos de vida con sentido, también crecen los intelectuales que responden a esta misma lógica - desde luego no como una estrategia conciente de parte de ellos - sino como una necesidad cultural de encontrar sustitutos a la felicidad mercantil. Indirectamente, las teorías y discursos intelectuales también sirven como referentes a los cuales acudir sin mayores compromisos; podemos entrar y salir de ellos con la misma facilidad con la que entramos a un curso de hipnosis para luego entrar a otro de magia corporal. En una época en que cada vez es menos perceptible el silencio y el ruido lo monopoliza todo, los sentidos tienden volverse escasos, transitorios e intercambiables. Dicen que ya pasó la época en que los sentidos eran estables, puntos de referencia permanentes y globales para todos. Hoy esos sentidos pueden encontrarse en diferentes partes y bajo títulos distintos, incluso en una exposición sobre los no-lugares en la ciudad contemporánea.

viernes, junio 23, 2006

HIERRO 3: BORRADURA DE PALABRAS

Comentar Hirro 3 implica enfrentarse a los límites de la palabra, o más bien, a los límites de la crítica. Lo de Kim-Ki-duk es esencialmente pensamiento visual; su materia prima son imágenes. Imágenes de lo ya sido, de aquello que nunca más podrá acontecer existencialmente. En ese sentido, Hiero 3 es una película sobre la desaparición del tiempo y los cuerpos, una historia que se resiste a esa mirada objetivante que busca disponer del mundo. Una historia de amor consignada al recuerdo y a la memoria, a la atribución de sentido más allá de las palabras.

La búsqueda de los protagonistas transcurre fuera del amparo y modelos verbales, bajo el supuesto radical de que el significado existe con anterioridad a todo lo que podamos decir sobre él. En lugar de la adiestrada práctica lingüística, los personajes de Hierro 3 viajan a al corazón de la visualidad, y hallan ahí el refugio para su expresión y ejecución amorosa. La desconfianza hacia la palabra los hace retirarse del mundo (durante la película la pareja nunca habla) como si la paz y quietud estuviesen lejos de las estructuras del lenguaje convencional. Y por el contrario, los habladores en la película coinciden con roles opresivos y violentos. El policía que interroga y el marido que recrimina a su mujer son la encarnación de un orden desencantado y en persistente esfuerzo por hacer del mundo algo transparente.

Este distanciamiento esencial de la pareja protagonista busca, sin embargo, reconciliarse con el mundo del cual se ha retirado. La pareja finalmente esta enamorada, y como tal debe dar cuenta de ese significado en el mundo. Pero la reconciliación no ocurre nombrando, ni construyendo declaraciones en el lenguaje. Nada en la película parece tener espacio en el universo de lo dicho. La relación de la pareja es irreducible a esa lógica, por tanto es una reconciliación trazada a través de imágenes. Imágenes captadas por el lente de una cámara digital y que deambula sin rumbo fijo de casa en casa. Imágenes que no buscan nada salvo trazos de vida, memoria y atestiguar que el pasado fue.

Casa vacías, amor, imagen, silencio, desplazamiento, palos de golf, en fin, el entrecruzamiento de estos elementos y la importancia narrativa que adoptan en la estructura del filme, coloca al cine de Kim-Ki-duk en una posición privilegiada para reflexionar sobre las tensiones entre fugacidad del instante y posterioridad registrada, entre subjetividad y cuerpo, entre simulacro y realidad.

martes, junio 13, 2006

Lo bello de opinar


¿Por qué gusta tanto – y cada vez más – hacer públicas nuestras preferencias?. Será que de un momento a otro pasamos del miedo a decir las cosas a un desenfreno por dar nuestras opiniones. Basta mirar el reciente escándalo público sobre la educación, todo el mundo levantó el dedo y hacia cátedra sobre el tema: “para mi el gran problema de la educación es….” y así por todos lados.
En el cine esta situación es notable. Es difícil encontrar a alguien que no tenga vocación de crítico, o que no apalee a la lista de sus mejores películas para abrir la conversación. Hoy importan tanto las películas como lo que se pueda decir sobre ellas a la salida del cine. Y a estas alturas muchas parejas descubren el amor después de confesarse que les gustan las mismas películas.
Hay una gratificación extraña en cada proclamación del gusto, y de seguro constituye uno de los actos más narcisos y gratuitos de todos. Y aún cuando existe el miedo a parecer pedante o ingenuo con un comentario (“nadie quiere comprender sin sentir o disfrutar sin comprender”, Bourdieu) siempre ese riesgo va ser compensado con el goce conferido por la pronunciación y apropiación de un gusto. Porque al final declarar las películas que a uno le gustan permite también asentar una marca de identidad, un rayado de cancha; es como un anuncio o invitación implícita a cómo nos gustaría que los demás nos miren. Bourdieu, citado por L. Jullier, lo pone de manera inmejorable en La distinción, criterio y bases sociales del gusto: nada clasifica tanto como las clasificaciones.
Pero es frecuente en el mundo de las opiniones ocultar las preferencias bajo lo que Bourdieu denomina la ideología del gusto natural. Muchas veces las opiniones se expresan en función de un sentido común socialmente construido, y en vez de mostrar los criterios de rechazo o aceptación personal el comentario sucumbe ante el peso de la evidencia convencional, facilitada casi siempre por la opinión de los 'expertos'. Cuando se trata del cine, un arte tan popular y extendido, es fundamental tratar de asegurarse que las alusiones que se hacen sobre las películas no vayan en contra de esa evidencia canónica. El objetivo consiste en ser original con la apreciación, pero siempre dentro de un cierto margen posible. Cuesta extraer de la crítica cinematográfica actual - incluida la que se hace cotidianamente - análisis y juicios que no vengan impregnados de esta ideología. Un ejemplo cercano: la película chilena Paréntesis. Escasa interrogación hubo respecto al valor real de esta película, y más bien su análisis quedó oculto bajo “el gusto natural”. El mismo sociólogo francés habla de una estética informada, que sirve como instrumento de vigilancia frente a las naturalizaciones en el mundo del arte.